¿Puede el Gobierno ignorar a Dios?

¿Puede el Gobierno ignorar a Dios?

Por: Edgar Nazario | Tiempo de lectura 10-15 minutos
Cada cuatro o seis años, millones de latinoamericanos salen a votar con una mezcla de esperanza y escepticismo. Las promesas de campaña se acumulan como hojas en otoño: brillantes por un momento, olvidadas en el suelo al poco tiempo. Muchos creyentes se preguntan si la fe tiene algo que decir en ese mundo de discursos y escándalos, o si la Biblia simplemente guarda silencio ante la política. La respuesta que da la Escritura es sorprendente y transformadora.

Existe una pregunta que incomoda tanto a políticos como a creyentes: ¿tiene Dios algo que decir sobre cómo se debe gobernar? Algunos responden que la fe es un asunto privado y que el gobierno debe mantenerse completamente al margen de cualquier consideración religiosa. Pero la Palabra de Dios no deja ese espacio de comodidad. Tres verdades bíblicas cambian radicalmente la manera en que el pueblo de Dios debe pensar sobre sus líderes, su voto y su responsabilidad como ciudadanos del reino.

1. Todo gobernante tiene una deuda con el Rey de reyes

Existe una ilusión moderna muy popular: la del gobernante neutral. Alguien que no favorece ninguna visión del mundo, que simplemente administra. Pero esa neutralidad es una quimera. Todo gobierno promueve algo: una visión de lo que es bueno, justo y verdadero. La pregunta no es si el Estado tiene una agenda moral, sino cuál es esa agenda.

La Biblia no deja lugar a dudas sobre a quién pertenece la autoridad política. El Salmo 2 es un texto incómodo y magnífico al mismo tiempo. Dios le habla directamente a los reyes de la tierra, sin distinciones culturales ni geográficas:

«Ahora pues, oh reyes, actuad con sabiduría; dejáos amonestar, oh jueces de la tierra. Servid al Señor con reverencia y regocijaos con temblor. Honrad al Hijo, no sea que Él se enoje y perezcáis en el camino.» (Sal 2:10-12, NBLA).

No es un consejo opcional. Es una orden del Soberano del universo. El gobernante, cualquier gobernante, es un sub-rey bajo el Rey de reyes. Su autoridad es delegada, no absoluta. Gobernar sin reconocer eso no es neutralidad; es una usurpación silenciosa.
El texto de 2 Samuel 23:3 añade otra dimensión: «El que gobierna sobre los hombres con justicia, el que gobierna en el temor de Dios» (NBLA). Gobernar en el temor de Dios no es una postura privada. Es un filtro activo para cada decisión pública. Un gobernante que teme a Dios en su corazón pero ignora esa realidad en sus leyes no está siendo prudente; está siendo inconsecuente.

Piénselo así: un médico que conoce el diagnóstico correcto pero decide no aplicarlo «por no mezclar su saber con su práctica» no es neutral. Es negligente. De la misma manera, quien conoce la verdad de Dios y la excluye de su función pública no está siendo respetuoso. Está fallando en su responsabilidad más sagrada.

2. El bien público tiene una dimensión espiritual ineludible

Las promesas electorales suelen girar en torno a los mismos ejes: empleo, seguridad, educación, infraestructura. Son bienes legítimos. Pero cuando esos son los únicos parámetros para medir el éxito de un gobierno, algo esencial queda fuera: el ser humano es también alma, no solo cuerpo.

Pablo, al escribir a los romanos, describe al gobernante como «un servidor de Dios para tu bien» (Rom 13:4, NBLA). Ese «bien» incluye la dimensión espiritual de los ciudadanos. Un gobierno puede tener las estadísticas económicas en verde y al mismo tiempo estar destruyendo las condiciones para que la fe, la familia y la moral florezcan. Eso no es éxito: es fracaso disfrazado de prosperidad.

En 1 Timoteo 2:1-2, Pablo nos llama a orar por los gobernantes con un propósito muy preciso:
«Exhorto, pues, ante todo que se hagan rogativas, oraciones, peticiones y acciones de gracias por todos los hombres, por los reyes y por todos los que están en autoridad, para que podamos vivir una vida tranquila y sosegada con toda piedad y dignidad.» (1Tim 2:1-2, NBLA).

La meta de esa oración no es solo la estabilidad política. Es la piedad del pueblo. El buen gobierno —desde una perspectiva bíblica— es aquel que crea las condiciones para que el Evangelio fluya libremente, para que las familias puedan vivir con integridad y para que la adoración a Dios no sea perseguida sino respetada.

Eso no es imponer la fe. Es crear el invernadero donde la fe puede crecer libremente. La diferencia entre un invernadero y una prisión es enorme: uno da el ambiente ideal para el florecimiento; el otro lo suprime. Un gobierno que promueve activamente la inmoralidad o el ateísmo oficial no es neutral: es activamente hostil al bien verdadero de sus ciudadanos.

3. Dios juzga a todos los gobernantes, no solo a los de Israel

Aquí surge una objeción común: «Todo eso funcionaba para Israel, una nación teocrática con un pacto especial con Dios. Pero los países modernos son otra cosa». Es una objeción que suena razonable, pero la Biblia la desmonta con ejemplos concretos.

El rey de Nínive no tenía el Torá. Era un gobernante pagano de una ciudad violenta e idólatra. Pero cuando escuchó el mensaje de Dios a través de Jonás, reaccionó con una acción pública y oficial: proclamó un ayuno nacional y llamó a todo su pueblo a clamar a Dios (Jon 3:7-9). Y Dios lo aceptó. Un rey que no conocía las Escrituras entendió algo que muchos líderes modernos rechazan: el poder se usa para buscar a Dios, no para ignorarlo.

El caso del rey Darío es aún más llamativo. Este monarca persa, pagano, emitió un decreto oficial después de ver la protección de Dios sobre Daniel:
«De parte mía se emite un decreto de que en todo el dominio de mi reino los hombres tiemblen y tengan miedo ante el Dios de Daniel, porque Él es el Dios vivo que permanece para siempre.» (Dan 6:26, NBLA).

Dios puede trabajar a través de gobernantes que ni siquiera lo conocen plenamente. Pero también hay un lado oscuro en esta historia: quienes usaron su poder para promover la idolatría y oponerse a Dios terminaron destruidos. El juicio de Dios sobre los gobernantes no es una metáfora. Es una promesa.

Imagine a un juez terrenal que pasa décadas dictando sentencias injustas, favoreciendo al corrupto y perjudicando al inocente. Un día tendrá que pararse ante el Juez supremo. No habrá apelaciones, no habrá influencias. Cada decisión de su tribunal estará registrada en el tribunal celestial. Así con todo gobernante, de cualquier nación y cualquier época.

¿Qué hacemos con todo esto?

Estas verdades no son para paralizarnos con pesimismo ni para lanzarnos a una cruzada política desordenada. Son para moldear nuestra vida como pueblo de Dios en el mundo. Tres aplicaciones concretas:

Primera: ora con especificidad por los gobernantes de tu país. No oraciones genéricas, sino intercesiones concretas: que Dios abra sus ojos a su responsabilidad ante Cristo, que los lleve al arrepentimiento, que los guíe en justicia. La oración por los gobernantes es un acto profético, no un trámite religioso.

Segunda: evalúa el carácter de los candidatos por su actitud ante Dios, no solo por su plataforma económica. Un gobernante que teme a Dios gobernará con una orientación moral que ninguna ideología secular puede garantizar. Eso no significa votar solo por quien luce más religioso, sino discernir con sabiduría cuál candidato gobierna como servidor y cuál como soberano.

Tercera: mantén una perspectiva eterna sobre la política. El desánimo que produce el panorama político en muchos creyentes viene de haber depositado demasiada esperanza en partidos o presidentes. Nuestra esperanza no está ahí. «Porque el Señor es el Rey para siempre» (Sal 29:10, NBLA). Esa certeza nos libera del desespero y nos equipa para ser testigos proféticos con serenidad y valor.

Conclusión: hay un Rey sobre todos los reyes

La fe no es un asunto privado que debe quedarse fuera de las decisiones públicas. Es la lente más honesta desde la cual entender la realidad, incluida la realidad política. Todo gobernante, lo reconozca o no, ejerce una autoridad que no le pertenece. Y todo gobernante, lo quiera o no, rendirá cuentas de cómo la usó.

Esa verdad no nos llena de arrogancia política. Nos llena de responsabilidad pastoral, de intercesión ferviente y de esperanza sólida. Porque el mismo Rey que juzgará a los gobernantes es el mismo que murió por pecadores como nosotros y resucitó para ser Señor de todo.

Nuestra tarea es ser testigos de ese Rey: en la oración, en el voto, en la comunidad y en la conversación. No imponiendo, sino proponiendo. No con el puño, sino con la Palabra. Porque el Evangelio sigue siendo la mejor noticia que una sociedad puede recibir.

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