January 20th, 2026
Maduro, Venezuela y la soberanía de Dios
Por: Carlos Maysonet | Tiempo de lectura 10-15 minutos
Las noticias interrumpen la programación habitual. Las redes sociales explotan con videos, celebraciones y lágrimas. Un gobierno que parecía inamovible se derrumba en cuestión de horas, y millones de personas despiertan a una realidad que apenas pueden procesar. Es como cuando una familia entera espera años para que reparen una tubería rota que inunda su casa cada vez que llueve, y de pronto, sin previo aviso, llega un equipo de trabajo y soluciona el problema en una tarde.
En momentos así, el corazón humano experimenta una tormenta de emociones encontradas. Algunos saltan de alegría porque finalmente ven justicia donde reinaba la opresión. Otros se preguntan con cautela si el nuevo capítulo será mejor o simplemente diferente. Y hay quienes, en medio del ruido, buscan algo más profundo que las opiniones de los comentaristas políticos.
Para quienes buscan sabiduría eterna en medio de los titulares temporales, la Biblia ofrece un ancla firme. No se trata de tomar partido político ni de aplaudir ciegamente cada cambio de gobierno. Se trata de entender cómo el Dios soberano trabaja a través de la historia humana, cómo la iglesia debe evaluar lo que sucede, y dónde realmente descansa la esperanza cuando las naciones tiemblan.
1. Toda autoridad existe bajo la soberanía de Dios
Imagina a un guardia de seguridad contratado para proteger un edificio de apartamentos. El dueño le entrega uniforme, llaves y autoridad para cuidar a los vecinos. Su trabajo es sencillo: mantener el orden y proteger a quienes viven allí. Pero, ¿qué sucede cuando ese guardia comienza a usar su posición para robar a los residentes y cerrarles la puerta de sus propios hogares? El día que el dueño del edificio aparece y lo saca esposado, nadie puede decir que el guardia fue tratado injustamente.
Esta ilustración refleja una verdad bíblica fundamental sobre el poder terrenal. Como leemos en Romanos 13:4: «Ministro de Dios es para tu bien». La autoridad gubernamental no existe para servirse a sí misma, sino para proteger al justo y castigar al malvado. Cuando un gobernante invierte este orden y comienza a oprimir al inocente mientras protege la corrupción, ha traicionado el propósito mismo por el cual Dios permite que existan las autoridades.
Las Escrituras son claras en su evaluación de los gobiernos opresores. El profeta Isaías pronunció palabras fuertes en Isaías 10:1-2: «¡Ay de los que decretan estatutos inicuos, y de los que escriben vejaciones que escribieron, para apartar del juicio a los pobres, y para quitar el derecho a los afligidos de mi pueblo!». Ese «ay» no es simplemente un lamento poético; es una declaración de juicio divino contra quienes usan su poder para robar derechos y crear sufrimiento.
Dios observa cada decreto injusto, cada familia separada por el exilio, cada mesa vacía por la escasez provocada. Proverbios 29:2 nos recuerda que cuando gobierna el impío, el pueblo gime. Ese gemido no pasa desapercibido en los cielos. La historia bíblica demuestra repetidamente que Dios usa diversos instrumentos para ejecutar su justicia, incluso cuando esos instrumentos son imperfectos. Recordemos que usó a Ciro, un rey pagano, para liberar a su pueblo de Babilonia.
Daniel 2:21 declara con claridad que Dios «muda los tiempos y las edades; quita reyes, y pone reyes». Esta verdad transforma la manera de ver los cambios políticos. No son simplemente el resultado de estrategias militares o presiones internacionales. Detrás del escenario visible, existe un Rey de reyes orquestando los movimientos de la historia según sus propósitos eternos. Esta perspectiva no genera pasividad, sino una profunda confianza que permite trabajar por la justicia sin desesperarse cuando los resultados tardan.
2. La iglesia debe evaluar con criterios bíblicos, no ideológicos
Si la soberanía de Dios es el fundamento que sostiene la historia, entonces el discernimiento bíblico es la brújula que guía a su pueblo a través de ella. Sin embargo, es sorprendentemente fácil perder el rumbo cuando las pasiones políticas se encienden.
Piensa en alguien que va a comprar un carro usado. El vendedor es amable, dice exactamente lo que el comprador quiere escuchar, y el precio parece perfecto. Si esa persona se deja llevar únicamente por las emociones y las promesas, probablemente termine con un vehículo lleno de problemas ocultos. Pero si es sabia, lleva a un mecánico de confianza que revise el motor, los frenos y la transmisión antes de firmar cualquier papel.
Las ideologías políticas funcionan como ese vendedor encantador. Prometen soluciones, apelan a las emociones y presentan sus propuestas de la manera más atractiva posible. La Biblia, en cambio, funciona como el mecánico honesto que revela la verdad sobre lo que hay dentro de cada sistema, sin importar cuán bonita sea la carrocería exterior.
El Salmo 82:3 establece un criterio claro para evaluar cualquier gobierno: «Defended al débil y al huérfano; haced justicia al afligido y al menesteroso». La pregunta fundamental no es si un régimen se identifica con la izquierda o la derecha, sino cómo trata a quienes no tienen voz ni poder para defenderse. Un gobierno que abandona a las viudas, ignora a los huérfanos y explota a los pobres ha fallado en su propósito fundamental, sin importar qué bandera ondee.
Esta perspectiva libera a los creyentes de la trampa de defender lo indefendible solo porque un político usa lenguaje religioso o promete favorecer a las iglesias. Como advierte Deuteronomio 1:17, el juicio pertenece a Dios, y quienes siguen sus caminos deben evitar la parcialidad. Esto significa celebrar la justicia cuando aparece, pero también mantener los ojos abiertos para señalar el pecado tanto en la dictadura como en la democracia.
Habacuc 1:13 declara que los ojos de Dios son demasiado puros para aprobar el mal. Aunque el Señor puede usar un instrumento para traer justicia, eso no santifica automáticamente cada método que ese instrumento emplee. La iglesia debe mantener una distancia profética: lo suficientemente cerca para servir y lo suficientemente libre para decir la verdad cuando algo está mal. Como afirma el Salmo 119:105: «Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino». Esa lámpara debe iluminar cada titular de noticias y cada discurso político.
3. Ningún gobierno humano tiene la última palabra
Mientras que la soberanía de Dios explica el pasado y el discernimiento bíblico orienta el presente, existe una tercera verdad que sostiene el futuro: ningún sistema político terrenal puede ofrecer la salvación definitiva que el corazón humano anhela.
Imagina una gran construcción en el centro de una ciudad. A veces cambian al ingeniero jefe, reemplazan a los obreros, y hay días llenos de ruido y escombros donde parece que nada avanza. Los vecinos se quejan, los inversores se preocupan, y todos se preguntan si el edificio algún día se terminará. Pero quien tiene acceso al plano del Arquitecto sabe algo que los demás ignoran: el edificio se completará exactamente como fue diseñado, sin importar cuántos cambios de personal ocurran en el camino.
Los gobiernos humanos son obreros temporales en el proyecto de la historia. Suben y caen, construyen y destruyen, prometen y fallan. Pero Dios es el Arquitecto que tiene el plano final, y su obra avanza inexorablemente hacia su cumplimiento. Isaías 33:22 proclama esta verdad con poder: «Porque Jehová es nuestro juez, Jehová es nuestro legislador, Jehová es nuestro Rey; él mismo nos salvará». Solo Dios reúne perfectamente los tres poderes que los humanos siempre corrompen cuando los poseen.
Esta perspectiva eterna no produce indiferencia hacia los problemas presentes, sino todo lo contrario. Santiago 1:27 enseña que la religión pura incluye visitar a los huérfanos y las viudas en sus tribulaciones. Saber que Dios tiene el control final libera energía para trabajar en la restauración presente, sin el peso aplastante de creer que todo depende del esfuerzo humano. Las naciones heridas necesitan una sanidad que va más allá de los cambios de gobierno, necesitan una reconciliación que sane las heridas del odio y una justicia que no se convierta en venganza.
Aquí es donde la iglesia encuentra su papel más importante. No como partido político ni como grupo de presión, sino como portadora del mensaje que transforma corazones. Jeremías 29:7 instruye: «Y procurad la paz de la ciudad a la cual os hice transportar, y rogad por ella a Jehová; porque en su paz tendréis vosotros paz». Este llamado permanece vigente para cada generación de creyentes en cada nación donde viven.
Lamentaciones 3:22 ofrece consuelo incluso en medio de las ruinas: «Por la misericordia
de Jehová no hemos sido consumidos, porque nunca decayeron sus misericordias». Cada mañana trae nuevas oportunidades para ser sal y luz en comunidades que necesitan reconstrucción. El Salmo 145:13 declara: «Tu reino es reino de todos los siglos, y tu señorío en todas las generaciones». Cuando los titulares alarman y los nuevos líderes fallan, esta certeza permite caminar con la frente en alto, trabajando por un mundo mejor con los ojos puestos en la eternidad.
Tres palabras para el camino
Cuando las noticias sobre cambios políticos inundan las pantallas y las conversaciones, tres palabras pueden servir como anclas para el alma. La primera es soberanía: Dios es el único dueño de la historia, quien pone y quita gobernantes según sus propósitos eternos. Nada escapa a su control, ni siquiera los regímenes que parecían invencibles.
La segunda palabra es justicia: la iglesia debe medir toda autoridad con la vara de la Biblia, defendiendo siempre al más vulnerable por encima de cualquier bandera ideológica. Esta postura requiere valentía, pero produce libertad para amar incluso a quienes piensan diferente políticamente.
La tercera palabra es eternidad: la esperanza última no descansa en este mundo, sino en el Reino inamovible de Jesucristo. Él es el Rey perfecto que nunca oprimirá, el Juez justo que fue juzgado en lugar de la humanidad para ofrecer verdadera libertad.
Estas verdades transforman la manera de procesar las noticias, las conversaciones con vecinos de diferente opinión, y las oraciones por las naciones. No se trata de indiferencia política ni de fanatismo partidista, sino de una perspectiva anclada en verdades que existían antes de cualquier gobierno actual y que permanecerán cuando todos hayan pasado al olvido.
El Salmo 146:3 advierte sabiamente: «No confiéis en los príncipes, ni en hijo de hombre, porque no hay en él salvación». Esta no es una invitación al cinismo, sino a colocar la confianza en el único lugar donde nunca será defraudada. Mientras tanto, el trabajo continúa: orar por los líderes, servir a los necesitados, proclamar el Evangelio y esperar con paciencia activa el día cuando toda rodilla se doblará ante el Rey de reyes. Ese día, todas las preguntas sobre justicia, poder y autoridad encontrarán su respuesta definitiva.
En momentos así, el corazón humano experimenta una tormenta de emociones encontradas. Algunos saltan de alegría porque finalmente ven justicia donde reinaba la opresión. Otros se preguntan con cautela si el nuevo capítulo será mejor o simplemente diferente. Y hay quienes, en medio del ruido, buscan algo más profundo que las opiniones de los comentaristas políticos.
Para quienes buscan sabiduría eterna en medio de los titulares temporales, la Biblia ofrece un ancla firme. No se trata de tomar partido político ni de aplaudir ciegamente cada cambio de gobierno. Se trata de entender cómo el Dios soberano trabaja a través de la historia humana, cómo la iglesia debe evaluar lo que sucede, y dónde realmente descansa la esperanza cuando las naciones tiemblan.
1. Toda autoridad existe bajo la soberanía de Dios
Imagina a un guardia de seguridad contratado para proteger un edificio de apartamentos. El dueño le entrega uniforme, llaves y autoridad para cuidar a los vecinos. Su trabajo es sencillo: mantener el orden y proteger a quienes viven allí. Pero, ¿qué sucede cuando ese guardia comienza a usar su posición para robar a los residentes y cerrarles la puerta de sus propios hogares? El día que el dueño del edificio aparece y lo saca esposado, nadie puede decir que el guardia fue tratado injustamente.
Esta ilustración refleja una verdad bíblica fundamental sobre el poder terrenal. Como leemos en Romanos 13:4: «Ministro de Dios es para tu bien». La autoridad gubernamental no existe para servirse a sí misma, sino para proteger al justo y castigar al malvado. Cuando un gobernante invierte este orden y comienza a oprimir al inocente mientras protege la corrupción, ha traicionado el propósito mismo por el cual Dios permite que existan las autoridades.
Las Escrituras son claras en su evaluación de los gobiernos opresores. El profeta Isaías pronunció palabras fuertes en Isaías 10:1-2: «¡Ay de los que decretan estatutos inicuos, y de los que escriben vejaciones que escribieron, para apartar del juicio a los pobres, y para quitar el derecho a los afligidos de mi pueblo!». Ese «ay» no es simplemente un lamento poético; es una declaración de juicio divino contra quienes usan su poder para robar derechos y crear sufrimiento.
Dios observa cada decreto injusto, cada familia separada por el exilio, cada mesa vacía por la escasez provocada. Proverbios 29:2 nos recuerda que cuando gobierna el impío, el pueblo gime. Ese gemido no pasa desapercibido en los cielos. La historia bíblica demuestra repetidamente que Dios usa diversos instrumentos para ejecutar su justicia, incluso cuando esos instrumentos son imperfectos. Recordemos que usó a Ciro, un rey pagano, para liberar a su pueblo de Babilonia.
Daniel 2:21 declara con claridad que Dios «muda los tiempos y las edades; quita reyes, y pone reyes». Esta verdad transforma la manera de ver los cambios políticos. No son simplemente el resultado de estrategias militares o presiones internacionales. Detrás del escenario visible, existe un Rey de reyes orquestando los movimientos de la historia según sus propósitos eternos. Esta perspectiva no genera pasividad, sino una profunda confianza que permite trabajar por la justicia sin desesperarse cuando los resultados tardan.
2. La iglesia debe evaluar con criterios bíblicos, no ideológicos
Si la soberanía de Dios es el fundamento que sostiene la historia, entonces el discernimiento bíblico es la brújula que guía a su pueblo a través de ella. Sin embargo, es sorprendentemente fácil perder el rumbo cuando las pasiones políticas se encienden.
Piensa en alguien que va a comprar un carro usado. El vendedor es amable, dice exactamente lo que el comprador quiere escuchar, y el precio parece perfecto. Si esa persona se deja llevar únicamente por las emociones y las promesas, probablemente termine con un vehículo lleno de problemas ocultos. Pero si es sabia, lleva a un mecánico de confianza que revise el motor, los frenos y la transmisión antes de firmar cualquier papel.
Las ideologías políticas funcionan como ese vendedor encantador. Prometen soluciones, apelan a las emociones y presentan sus propuestas de la manera más atractiva posible. La Biblia, en cambio, funciona como el mecánico honesto que revela la verdad sobre lo que hay dentro de cada sistema, sin importar cuán bonita sea la carrocería exterior.
El Salmo 82:3 establece un criterio claro para evaluar cualquier gobierno: «Defended al débil y al huérfano; haced justicia al afligido y al menesteroso». La pregunta fundamental no es si un régimen se identifica con la izquierda o la derecha, sino cómo trata a quienes no tienen voz ni poder para defenderse. Un gobierno que abandona a las viudas, ignora a los huérfanos y explota a los pobres ha fallado en su propósito fundamental, sin importar qué bandera ondee.
Esta perspectiva libera a los creyentes de la trampa de defender lo indefendible solo porque un político usa lenguaje religioso o promete favorecer a las iglesias. Como advierte Deuteronomio 1:17, el juicio pertenece a Dios, y quienes siguen sus caminos deben evitar la parcialidad. Esto significa celebrar la justicia cuando aparece, pero también mantener los ojos abiertos para señalar el pecado tanto en la dictadura como en la democracia.
Habacuc 1:13 declara que los ojos de Dios son demasiado puros para aprobar el mal. Aunque el Señor puede usar un instrumento para traer justicia, eso no santifica automáticamente cada método que ese instrumento emplee. La iglesia debe mantener una distancia profética: lo suficientemente cerca para servir y lo suficientemente libre para decir la verdad cuando algo está mal. Como afirma el Salmo 119:105: «Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino». Esa lámpara debe iluminar cada titular de noticias y cada discurso político.
3. Ningún gobierno humano tiene la última palabra
Mientras que la soberanía de Dios explica el pasado y el discernimiento bíblico orienta el presente, existe una tercera verdad que sostiene el futuro: ningún sistema político terrenal puede ofrecer la salvación definitiva que el corazón humano anhela.
Imagina una gran construcción en el centro de una ciudad. A veces cambian al ingeniero jefe, reemplazan a los obreros, y hay días llenos de ruido y escombros donde parece que nada avanza. Los vecinos se quejan, los inversores se preocupan, y todos se preguntan si el edificio algún día se terminará. Pero quien tiene acceso al plano del Arquitecto sabe algo que los demás ignoran: el edificio se completará exactamente como fue diseñado, sin importar cuántos cambios de personal ocurran en el camino.
Los gobiernos humanos son obreros temporales en el proyecto de la historia. Suben y caen, construyen y destruyen, prometen y fallan. Pero Dios es el Arquitecto que tiene el plano final, y su obra avanza inexorablemente hacia su cumplimiento. Isaías 33:22 proclama esta verdad con poder: «Porque Jehová es nuestro juez, Jehová es nuestro legislador, Jehová es nuestro Rey; él mismo nos salvará». Solo Dios reúne perfectamente los tres poderes que los humanos siempre corrompen cuando los poseen.
Esta perspectiva eterna no produce indiferencia hacia los problemas presentes, sino todo lo contrario. Santiago 1:27 enseña que la religión pura incluye visitar a los huérfanos y las viudas en sus tribulaciones. Saber que Dios tiene el control final libera energía para trabajar en la restauración presente, sin el peso aplastante de creer que todo depende del esfuerzo humano. Las naciones heridas necesitan una sanidad que va más allá de los cambios de gobierno, necesitan una reconciliación que sane las heridas del odio y una justicia que no se convierta en venganza.
Aquí es donde la iglesia encuentra su papel más importante. No como partido político ni como grupo de presión, sino como portadora del mensaje que transforma corazones. Jeremías 29:7 instruye: «Y procurad la paz de la ciudad a la cual os hice transportar, y rogad por ella a Jehová; porque en su paz tendréis vosotros paz». Este llamado permanece vigente para cada generación de creyentes en cada nación donde viven.
Lamentaciones 3:22 ofrece consuelo incluso en medio de las ruinas: «Por la misericordia
de Jehová no hemos sido consumidos, porque nunca decayeron sus misericordias». Cada mañana trae nuevas oportunidades para ser sal y luz en comunidades que necesitan reconstrucción. El Salmo 145:13 declara: «Tu reino es reino de todos los siglos, y tu señorío en todas las generaciones». Cuando los titulares alarman y los nuevos líderes fallan, esta certeza permite caminar con la frente en alto, trabajando por un mundo mejor con los ojos puestos en la eternidad.
Tres palabras para el camino
Cuando las noticias sobre cambios políticos inundan las pantallas y las conversaciones, tres palabras pueden servir como anclas para el alma. La primera es soberanía: Dios es el único dueño de la historia, quien pone y quita gobernantes según sus propósitos eternos. Nada escapa a su control, ni siquiera los regímenes que parecían invencibles.
La segunda palabra es justicia: la iglesia debe medir toda autoridad con la vara de la Biblia, defendiendo siempre al más vulnerable por encima de cualquier bandera ideológica. Esta postura requiere valentía, pero produce libertad para amar incluso a quienes piensan diferente políticamente.
La tercera palabra es eternidad: la esperanza última no descansa en este mundo, sino en el Reino inamovible de Jesucristo. Él es el Rey perfecto que nunca oprimirá, el Juez justo que fue juzgado en lugar de la humanidad para ofrecer verdadera libertad.
Estas verdades transforman la manera de procesar las noticias, las conversaciones con vecinos de diferente opinión, y las oraciones por las naciones. No se trata de indiferencia política ni de fanatismo partidista, sino de una perspectiva anclada en verdades que existían antes de cualquier gobierno actual y que permanecerán cuando todos hayan pasado al olvido.
El Salmo 146:3 advierte sabiamente: «No confiéis en los príncipes, ni en hijo de hombre, porque no hay en él salvación». Esta no es una invitación al cinismo, sino a colocar la confianza en el único lugar donde nunca será defraudada. Mientras tanto, el trabajo continúa: orar por los líderes, servir a los necesitados, proclamar el Evangelio y esperar con paciencia activa el día cuando toda rodilla se doblará ante el Rey de reyes. Ese día, todas las preguntas sobre justicia, poder y autoridad encontrarán su respuesta definitiva.

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