February 4th, 2026
3 verdades únicas de Bernabé
Por: Carlos Maysonet | Tiempo de lectura 10-15 minutos
Bernabé: El hombre que veía lo que otros no podían ver
Imaginemos por un momento una escena difícil. Alguien que persiguió a la familia, que encarceló a los amigos, que aprobó la muerte de un ser querido, aparece un día diciendo que cambió. ¿Quién se atrevería a creerle? ¿Quién arriesgaría su reputación por defender a esa persona ante todos los demás?
Esta situación, que parece sacada de una película dramática, fue exactamente lo que enfrentó la iglesia primitiva. Y en medio de ese momento de tensión y miedo, apareció un hombre que la mayoría conoce solo como «el compañero de Pablo». Sin embargo, su influencia fue tan profunda que, sin él, la historia del cristianismo habría tomado un rumbo completamente diferente.
Su nombre era José, pero los apóstoles le pusieron otro nombre que describía perfectamente su carácter: Bernabé, que significa «hijo de consolación». Su grandeza no estaba en predicar sermones famosos como Pedro ni en escribir cartas como Pablo. Su grandeza estaba en hacer el trabajo detrás del escenario, en las sombras, donde pocos reciben aplausos pero donde se construyen los cimientos del reino de Dios.
Ver potencial donde otros ven riesgo
¿Alguna vez alguien ha confiado en una persona cuando todos los demás la rechazaban? Es como ser el único que apuesta por un empleado nuevo cuando todo el equipo desconfía de él. Se necesita valentía, discernimiento y una buena dosis de fe. Bernabé tenía estas tres cualidades en abundancia.
Cuando Saulo llegó a Jerusalén después de su conversión, la reacción de los creyentes fue comprensible. Como leemos en Hechos 9:26: «Cuando llegó a Jerusalén, trataba de juntarse con los discípulos; pero todos le tenían miedo, no creyendo que fuese discípulo». La palabra «miedo» en el texto original no describe una simple precaución. Era terror genuino. Los creyentes pensaban que todo era una trampa elaborada para destruirlos desde adentro.
Podemos imaginar la escena: Pablo caminando por las calles de Jerusalén mientras las puertas se cierran a su paso. La gente mirando por las ventanas con nerviosismo. Nadie quería acercarse al hombre que había sido responsable de destruir familias enteras, de separar esposos de esposas, de aprobar la muerte del diácono Esteban. ¿Quién en su sano juicio confiaría en alguien con ese historial?
Bernabé lo hizo. El versículo 27 dice que «Bernabé, tomándole, lo trajo a los apóstoles». El verbo usado aquí significa «agarrar firmemente». Bernabé no simplemente acompañó a Pablo. Lo tomó con determinación y puso toda su reputación en juego. Si Pablo resultaba ser un impostor, Bernabé caería con él. Era como un ejecutivo de una empresa que presenta a un candidato controversial ante la junta directiva, sabiendo que su propio futuro depende de esa decisión.
La clave del discernimiento de Bernabé estaba en su intimidad con Dios. Hechos lo describe como un hombre «lleno del Espíritu Santo». Esa cercanía con el Señor le daba la capacidad de ver lo que Dios estaba haciendo, no solo lo que el pasado de una persona mostraba. Es como el agricultor experimentado que mira una pequeña semilla insignificante mientras todos los demás solo ven tierra. El agricultor ya visualiza el árbol cargado de frutos porque conoce el potencial escondido en esa semilla.
Esta capacidad de ver potencial donde otros ven riesgo es admirable. Pero el verdadero carácter de Bernabé se revelaba en algo todavía más difícil: su disposición a quedarse en segundo plano cuando otros brillaban.
El carácter que vale más que el protagonismo
Vivimos en una cultura obsesionada con los seguidores, los «likes» y la fama. El deseo de muchas personas hoy no es ser médicos, abogados o maestros, sino «influencers». Todos quieren ser el centro de atención. Pero ¿qué pasa cuando un líder prefiere estar en segundo plano? ¿Es falta de ambición o es verdadera madurez espiritual?
El nombre de Bernabé revela su esencia. Como leemos en Hechos 4:36: «Entonces José, a quien los apóstoles pusieron por sobrenombre Bernabé (que traducido es, Hijo de consolación)». Su nombre de nacimiento era simplemente José, uno de los nombres más comunes de la época. Pero su carácter era tan notable, tan distintivo, que los apóstoles le dieron un nuevo nombre que describía su ministerio.
La palabra griega traducida como «consolación» es «paraklesis», que también puede significar exhortación o ánimo. Curiosamente, esta palabra comparte la misma raíz que «paracleto», el término que el Nuevo Testamento usa para describir al Espíritu Santo como Consolador. Bernabé reflejaba el carácter del Espíritu Santo en su trato con los demás. Era como un espejo que mostraba el amor de Dios a quienes lo rodeaban.
En Hechos 4:37, el texto menciona que Bernabé vendió un terreno que poseía y trajo el dinero a los pies de los apóstoles. Sin fanfarria. Sin reconocimiento público. Sin una placa con su nombre. Simplemente dio y se fue. Este acto contrasta dramáticamente con el caso de Ananías y Safira, quienes vendieron una propiedad pero se confabularon para aparentar una generosidad que no tenían. Querían parecer generosos sin realmente serlo. Bernabé daba sin buscar aplausos porque su generosidad fluía de un corazón transformado, no de un deseo de impresionar.
Una buena ilustración de esto es el técnico de sonido en un concierto o una conferencia. Nadie aplaude a esta persona. Todos están enfocados en el artista o el predicador. Pero sin el técnico controlando que todo funcione perfectamente, el evento sería un desastre. El cantante recibe los aplausos, pero el técnico hace posible que la audiencia escuche cada palabra con claridad. Bernabé era este «técnico espiritual» que hacía brillar a otros constantemente. Como dijo Jesús en Mateo 6:3-4: «Mas cuando tú des limosna, no sepa tu izquierda lo que hace tu derecha, para que sea tu limosna en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público».
Esta humildad y este carácter servicial son inspiradores. Sin embargo, la vida de Bernabé también nos enseña algo incómodo: que incluso los líderes más espirituales pueden tener desacuerdos serios. Y lo que hacemos con esos conflictos determina si la misión avanza o se detiene.
Cuando la misión es más importante que tener la razón
Dos líderes espirituales que no pueden ponerse de acuerdo. Es una situación incómoda que probablemente muchos han presenciado en alguna congregación. Pablo y Bernabé, estos dos gigantes de la fe que habían servido juntos fielmente, llegaron a un punto de conflicto tan intenso que terminaron separándose. ¿Significa esto que fallaron? ¿Que todo se perdió?
El relato de Hechos 15:36-40 describe la situación. Pablo quería visitar las iglesias que habían fundado, pero rechazó llevar a Juan Marcos porque este los había abandonado en un viaje anterior. Bernabé, fiel a su naturaleza, insistió en darle otra oportunidad al joven. La palabra griega usada para describir este desacuerdo es «paroxismo», que indica una disputa intensa y apasionada. No fue una conversación tranquila sobre diferencias de opinión. Fue una pelea seria entre dos hombres llenos del Espíritu Santo.
La pregunta que surge naturalmente es: ¿cómo dos personas tan espirituales pueden llegar a ese punto? La respuesta más sencilla es que eran humanos. Pero aquí está la clave que transforma esta historia de un aparente fracaso en una lección poderosa: no dejaron que el conflicto detuviera la misión. Se separaron, sí, pero formaron dos equipos misioneros. En vez de un equipo paralizado por las diferencias, había dos equipos avanzando el evangelio en diferentes direcciones.
Es como cuando una empresa se divide y de pronto hay dos compañías exitosas en el mercado. A veces la separación estratégica multiplica el alcance. Lo que parece un fracaso se convierte en lo necesario para una expansión mayor. Dios, en su providencia, usó incluso esta tensión para su gloria.
Y aquí viene lo más interesante: Bernabé tenía razón sobre Marcos. Años después, Pablo escribió en 2 Timoteo 4:11: «Toma a Marcos y tráele contigo, porque me es útil para el ministerio». El mismo joven que Pablo rechazó terminó siendo reconocido como valioso. La inversión paciente de Bernabé en Marcos dio fruto. Y no cualquier fruto: Marcos escribió el Evangelio que lleva su nombre, una de las bases de los demás evangelios. La persistencia de Bernabé en creer en el potencial de otros produjo Escritura inspirada.
Como dice Romanos 8:28: «Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien». Esto incluye las circunstancias adversas, las separaciones dolorosas, los desacuerdos que parecen destruir todo. La mano invisible de Dios sostiene incluso lo que parece estar cayendo, usando cada situación para cumplir sus propósitos eternos.
Un modelo para la iglesia de hoy
La vida de Bernabé ofrece tres palabras que pueden transformar la manera en que cualquier creyente se relaciona con otros. La primera es discernimiento: la capacidad de ver el potencial que Dios está desarrollando en las personas, sin quedarse atrapado en su pasado. La segunda es humildad: servir fielmente sin buscar protagonismo, celebrando genuinamente los éxitos de otros y animando constantemente a quienes lo rodean. La tercera es perseverancia: mantener la misión avanzando incluso cuando surgen conflictos y desacuerdos.
Bernabé nos señala a Cristo, quien vio el potencial en la humanidad cuando éramos sus enemigos y dio su vida por nosotros. Jesús es el máximo «Hijo de consolación» que anima, restaura y envía con un propósito glorioso. La invitación para cada creyente es convertirse en un Bernabé en su comunidad: alguien que arriesga por otros, que abre puertas para los rechazados, que mantiene la misión avanzando sin importar las dificultades.
Quizás alguien conoce a un «Saulo» que necesita un Bernabé. Alguien con un pasado difícil que todos rechazan pero que Dios está transformando. Tal vez la invitación de esta semana sea convertirse en el puente que conecta a esa persona con la comunidad de fe. Como dice Gálatas 6:2: «Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo». Este es el legado de Bernabé: una vida que demuestra que la fuerza del evangelio crece a través del estímulo fiel, el servicio humilde y la confianza en que Dios siempre está trabajando, incluso cuando las circunstancias parecen indicar lo contrario.
Imaginemos por un momento una escena difícil. Alguien que persiguió a la familia, que encarceló a los amigos, que aprobó la muerte de un ser querido, aparece un día diciendo que cambió. ¿Quién se atrevería a creerle? ¿Quién arriesgaría su reputación por defender a esa persona ante todos los demás?
Esta situación, que parece sacada de una película dramática, fue exactamente lo que enfrentó la iglesia primitiva. Y en medio de ese momento de tensión y miedo, apareció un hombre que la mayoría conoce solo como «el compañero de Pablo». Sin embargo, su influencia fue tan profunda que, sin él, la historia del cristianismo habría tomado un rumbo completamente diferente.
Su nombre era José, pero los apóstoles le pusieron otro nombre que describía perfectamente su carácter: Bernabé, que significa «hijo de consolación». Su grandeza no estaba en predicar sermones famosos como Pedro ni en escribir cartas como Pablo. Su grandeza estaba en hacer el trabajo detrás del escenario, en las sombras, donde pocos reciben aplausos pero donde se construyen los cimientos del reino de Dios.
Ver potencial donde otros ven riesgo
¿Alguna vez alguien ha confiado en una persona cuando todos los demás la rechazaban? Es como ser el único que apuesta por un empleado nuevo cuando todo el equipo desconfía de él. Se necesita valentía, discernimiento y una buena dosis de fe. Bernabé tenía estas tres cualidades en abundancia.
Cuando Saulo llegó a Jerusalén después de su conversión, la reacción de los creyentes fue comprensible. Como leemos en Hechos 9:26: «Cuando llegó a Jerusalén, trataba de juntarse con los discípulos; pero todos le tenían miedo, no creyendo que fuese discípulo». La palabra «miedo» en el texto original no describe una simple precaución. Era terror genuino. Los creyentes pensaban que todo era una trampa elaborada para destruirlos desde adentro.
Podemos imaginar la escena: Pablo caminando por las calles de Jerusalén mientras las puertas se cierran a su paso. La gente mirando por las ventanas con nerviosismo. Nadie quería acercarse al hombre que había sido responsable de destruir familias enteras, de separar esposos de esposas, de aprobar la muerte del diácono Esteban. ¿Quién en su sano juicio confiaría en alguien con ese historial?
Bernabé lo hizo. El versículo 27 dice que «Bernabé, tomándole, lo trajo a los apóstoles». El verbo usado aquí significa «agarrar firmemente». Bernabé no simplemente acompañó a Pablo. Lo tomó con determinación y puso toda su reputación en juego. Si Pablo resultaba ser un impostor, Bernabé caería con él. Era como un ejecutivo de una empresa que presenta a un candidato controversial ante la junta directiva, sabiendo que su propio futuro depende de esa decisión.
La clave del discernimiento de Bernabé estaba en su intimidad con Dios. Hechos lo describe como un hombre «lleno del Espíritu Santo». Esa cercanía con el Señor le daba la capacidad de ver lo que Dios estaba haciendo, no solo lo que el pasado de una persona mostraba. Es como el agricultor experimentado que mira una pequeña semilla insignificante mientras todos los demás solo ven tierra. El agricultor ya visualiza el árbol cargado de frutos porque conoce el potencial escondido en esa semilla.
Esta capacidad de ver potencial donde otros ven riesgo es admirable. Pero el verdadero carácter de Bernabé se revelaba en algo todavía más difícil: su disposición a quedarse en segundo plano cuando otros brillaban.
El carácter que vale más que el protagonismo
Vivimos en una cultura obsesionada con los seguidores, los «likes» y la fama. El deseo de muchas personas hoy no es ser médicos, abogados o maestros, sino «influencers». Todos quieren ser el centro de atención. Pero ¿qué pasa cuando un líder prefiere estar en segundo plano? ¿Es falta de ambición o es verdadera madurez espiritual?
El nombre de Bernabé revela su esencia. Como leemos en Hechos 4:36: «Entonces José, a quien los apóstoles pusieron por sobrenombre Bernabé (que traducido es, Hijo de consolación)». Su nombre de nacimiento era simplemente José, uno de los nombres más comunes de la época. Pero su carácter era tan notable, tan distintivo, que los apóstoles le dieron un nuevo nombre que describía su ministerio.
La palabra griega traducida como «consolación» es «paraklesis», que también puede significar exhortación o ánimo. Curiosamente, esta palabra comparte la misma raíz que «paracleto», el término que el Nuevo Testamento usa para describir al Espíritu Santo como Consolador. Bernabé reflejaba el carácter del Espíritu Santo en su trato con los demás. Era como un espejo que mostraba el amor de Dios a quienes lo rodeaban.
En Hechos 4:37, el texto menciona que Bernabé vendió un terreno que poseía y trajo el dinero a los pies de los apóstoles. Sin fanfarria. Sin reconocimiento público. Sin una placa con su nombre. Simplemente dio y se fue. Este acto contrasta dramáticamente con el caso de Ananías y Safira, quienes vendieron una propiedad pero se confabularon para aparentar una generosidad que no tenían. Querían parecer generosos sin realmente serlo. Bernabé daba sin buscar aplausos porque su generosidad fluía de un corazón transformado, no de un deseo de impresionar.
Una buena ilustración de esto es el técnico de sonido en un concierto o una conferencia. Nadie aplaude a esta persona. Todos están enfocados en el artista o el predicador. Pero sin el técnico controlando que todo funcione perfectamente, el evento sería un desastre. El cantante recibe los aplausos, pero el técnico hace posible que la audiencia escuche cada palabra con claridad. Bernabé era este «técnico espiritual» que hacía brillar a otros constantemente. Como dijo Jesús en Mateo 6:3-4: «Mas cuando tú des limosna, no sepa tu izquierda lo que hace tu derecha, para que sea tu limosna en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público».
Esta humildad y este carácter servicial son inspiradores. Sin embargo, la vida de Bernabé también nos enseña algo incómodo: que incluso los líderes más espirituales pueden tener desacuerdos serios. Y lo que hacemos con esos conflictos determina si la misión avanza o se detiene.
Cuando la misión es más importante que tener la razón
Dos líderes espirituales que no pueden ponerse de acuerdo. Es una situación incómoda que probablemente muchos han presenciado en alguna congregación. Pablo y Bernabé, estos dos gigantes de la fe que habían servido juntos fielmente, llegaron a un punto de conflicto tan intenso que terminaron separándose. ¿Significa esto que fallaron? ¿Que todo se perdió?
El relato de Hechos 15:36-40 describe la situación. Pablo quería visitar las iglesias que habían fundado, pero rechazó llevar a Juan Marcos porque este los había abandonado en un viaje anterior. Bernabé, fiel a su naturaleza, insistió en darle otra oportunidad al joven. La palabra griega usada para describir este desacuerdo es «paroxismo», que indica una disputa intensa y apasionada. No fue una conversación tranquila sobre diferencias de opinión. Fue una pelea seria entre dos hombres llenos del Espíritu Santo.
La pregunta que surge naturalmente es: ¿cómo dos personas tan espirituales pueden llegar a ese punto? La respuesta más sencilla es que eran humanos. Pero aquí está la clave que transforma esta historia de un aparente fracaso en una lección poderosa: no dejaron que el conflicto detuviera la misión. Se separaron, sí, pero formaron dos equipos misioneros. En vez de un equipo paralizado por las diferencias, había dos equipos avanzando el evangelio en diferentes direcciones.
Es como cuando una empresa se divide y de pronto hay dos compañías exitosas en el mercado. A veces la separación estratégica multiplica el alcance. Lo que parece un fracaso se convierte en lo necesario para una expansión mayor. Dios, en su providencia, usó incluso esta tensión para su gloria.
Y aquí viene lo más interesante: Bernabé tenía razón sobre Marcos. Años después, Pablo escribió en 2 Timoteo 4:11: «Toma a Marcos y tráele contigo, porque me es útil para el ministerio». El mismo joven que Pablo rechazó terminó siendo reconocido como valioso. La inversión paciente de Bernabé en Marcos dio fruto. Y no cualquier fruto: Marcos escribió el Evangelio que lleva su nombre, una de las bases de los demás evangelios. La persistencia de Bernabé en creer en el potencial de otros produjo Escritura inspirada.
Como dice Romanos 8:28: «Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien». Esto incluye las circunstancias adversas, las separaciones dolorosas, los desacuerdos que parecen destruir todo. La mano invisible de Dios sostiene incluso lo que parece estar cayendo, usando cada situación para cumplir sus propósitos eternos.
Un modelo para la iglesia de hoy
La vida de Bernabé ofrece tres palabras que pueden transformar la manera en que cualquier creyente se relaciona con otros. La primera es discernimiento: la capacidad de ver el potencial que Dios está desarrollando en las personas, sin quedarse atrapado en su pasado. La segunda es humildad: servir fielmente sin buscar protagonismo, celebrando genuinamente los éxitos de otros y animando constantemente a quienes lo rodean. La tercera es perseverancia: mantener la misión avanzando incluso cuando surgen conflictos y desacuerdos.
Bernabé nos señala a Cristo, quien vio el potencial en la humanidad cuando éramos sus enemigos y dio su vida por nosotros. Jesús es el máximo «Hijo de consolación» que anima, restaura y envía con un propósito glorioso. La invitación para cada creyente es convertirse en un Bernabé en su comunidad: alguien que arriesga por otros, que abre puertas para los rechazados, que mantiene la misión avanzando sin importar las dificultades.
Quizás alguien conoce a un «Saulo» que necesita un Bernabé. Alguien con un pasado difícil que todos rechazan pero que Dios está transformando. Tal vez la invitación de esta semana sea convertirse en el puente que conecta a esa persona con la comunidad de fe. Como dice Gálatas 6:2: «Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo». Este es el legado de Bernabé: una vida que demuestra que la fuerza del evangelio crece a través del estímulo fiel, el servicio humilde y la confianza en que Dios siempre está trabajando, incluso cuando las circunstancias parecen indicar lo contrario.

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