¿Cómo ser fiel a Dios sin perder relevancia en el mundo de hoy?

¿Cómo ser fiel a Dios sin perder relevancia en el mundo de hoy?

Por: Carlos Maysonet | Tiempo de lectura 10-15 minutos
¿Hasta dónde puedo adaptarme sin perder el mensaje? Esta pregunta quita el sueño a más pastores de los que se atreven a admitirlo. La cultura presiona por todos lados, y la tentación de suavizar el sermón —o de añadir lo que «funciona» aunque la Biblia no lo ordene— es más real de lo que parece.

No eres el primero en sentir esa tensión. Pablo la vivió entre sinagogas y plazas paganas. Los reformadores la enfrentaron ante imperios y tradiciones. Pero el evangelio sigue siendo «poder de Dios para la salvación de todo el que cree» (Rom 1:16, NBLA). La buena noticia: no tienes que elegir entre fidelidad y relevancia. Cristo nos mostró cómo. Veamos tres verdades que nos anclan.

1. La Escritura tiene la última palabra

Toda iglesia vive en un contexto real. Ignorarlo sería ingenuo: las personas reciben la verdad dentro de su cultura. Pero el peligro surge cuando el contexto deja de ser el terreno donde sembramos y se convierte en el que dicta qué semilla plantar.

Jesús mismo oró con esta claridad: «No Te ruego que los saques del mundo, sino que los guardes del maligno. [...] Como Tú me enviaste al mundo, Yo también los he enviado al mundo» (Jua 17:15, 18, NBLA). Estamos en el mundo, pero con una misión que viene de fuera del mundo. Pablo lo confirma: «Toda Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para reprender, para corregir, para instruir en justicia» (2Tim 3:16, NBLA). La suficiencia de la Escritura —esa doctrina preciosa de la Reforma— significa que la Palabra contiene todo lo necesario para la fe y la vida de la iglesia. La pregunta correcta nunca es ¿qué funciona aquí?, sino ¿qué dice la Escritura?

2. Nosotros nos adaptamos; el evangelio, jamás

Si la Escritura gobierna, ¿hay espacio para adaptarse? Sí. Pablo lo modeló: «A los judíos me hice como judío, para poder ganar a los judíos» (1Cor 9:20, NBLA). Adaptó su lenguaje y sus métodos; removía obstáculos innecesarios. A esto la tradición reformada le llama contextualización lícita.

Pero Pablo nunca cruzó la línea. El estilo cambiaba; el evangelio, jamás. Tres columnas permanecen intocables: la verdad del evangelio, la autoridad de Cristo y el contenido de la sana doctrina. La verdadera contextualización no es cambiar el evangelio para el mundo; es vivir el evangelio fielmente dentro del mundo.

Piensa en un médico que visita una comunidad remota. Aprende el idioma local, come la comida del lugar, se viste como ellos. Pero si el paciente necesita penicilina, no le receta aspirina porque es lo que prefiere. La iglesia puede adaptar muchas cosas, pero el remedio que el mundo necesita —la cruz— no tiene sustituto. Pablo advierte: «Pero si aun nosotros, o un ángel del cielo, les anunciara otro evangelio contrario al que les hemos anunciado, sea anatema» (Gal 1:8, NBLA).

3. Las formas varían; los elementos bíblicos, nunca

Aquí muchas congregaciones se confunden. Surgen tensiones sobre música, liturgia o estética. La clave está en distinguir elementos de formas. Los elementos son lo que Cristo instituyó para su Iglesia: predicación de la Palabra, oración, canto congregacional, sacramentos, disciplina eclesiástica y gobierno de ancianos. Esto es lo que la tradición reformada llama el principio regulativo del culto: la iglesia solo incluye en su adoración lo que Dios ha mandado.

La iglesia primitiva lo vivía con sencillez poderosa: «Y se dedicaban continuamente a las enseñanzas de los apóstoles, a la comunión, al partimiento del pan y a la oración» (Hch 2:42, NBLA). Las formas —género musical, orden del servicio, idioma— pueden cambiar. Pero siempre debemos preguntar: ¿esta forma fortalece o debilita el elemento bíblico que sirve? Si los elementos desaparecen, ya no hablamos de una iglesia con estilo diferente, sino de algo que dejó de ser lo que Cristo diseñó.

Aplicación: tres pasos concretos

Examina tu ancla. Antes de tu próxima decisión ministerial, pregúntate: ¿sigo la Escritura o la tendencia? «Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad» (2Tim 2:15, NBLA).

Evalúa tu comunicación. ¿Estás cambiando el método o el mensaje? Aprender el lenguaje de tu comunidad es sabiduría; diluir el evangelio es infidelidad.

Haz inventario de tu iglesia. ¿Están presentes los elementos que Cristo estableció? ¿Las formas que usas los fortalecen o los debilitan?

Jesús: el modelo perfecto

Todo apunta a Jesús, el modelo perfecto de fidelidad en el contexto. En la encarnación, el Hijo eterno entró plenamente en la cultura humana sin comprometer su naturaleza divina ni su misión redentora. Fue culturalmente cercano y doctrinalmente perfecto. Esa es la meta de toda iglesia fiel: reflejar a Cristo.

Tres palabras resumen lo aprendido: suficiencia —la Escritura basta para guiar a la iglesia en cualquier contexto—; fidelidad —el evangelio nunca cambia—; y distinción —saber qué es inamovible y qué es flexible—. No importa el barrio, el idioma o la cultura donde Dios te plantó: el mensaje es el mismo, el poder es el mismo, y la esperanza es la misma. Que el Señor nos dé sabiduría para distinguir lo que puede cambiar de lo que jamás debe cambiar. Porque la iglesia no necesita ser popular; necesita ser fiel. Y en Cristo, tiene todo lo necesario para serlo.

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